viernes, 30 de octubre de 2015

Haciendo la colada

   Me encanta poner lavadoras. Es de las pocas tareas de la casa que no sólo no me importa hacer, sino que disfruto. Ponerlas y tenderlas. Recoger la ropa y guardarla (yo no plancho, va en contra de mi religión) ya me gusta menos, pero ir colocando la ropa en las cuerdas, recién limpia, con el olor al suavizante impregnándolo todo... Me encanta.

   El problema es que ahora que llega lo que para mí es buen tiempo, la época dorada del año en la que me puedo poner botas altas, jerséis y vestidos de lana y adornar el outfit del día con un pañuelo de colores... es también la peor época para las lavadoras.



   No tengo tendedero de interior. Debería hacerme con uno, pero me da pereza y ocupa sitio y me gusta que la ropa se seque al aire y al sol. El problema es que últimamente llueve casi a diario y el sol brilla por su ausencia (chistaco).

   Ahora tengo que mirar la previsión del tiempo antes de poner la lavadora. ¿Va a llover hoy? ¿Y mañana? Porque como hace más frío, la ropa tarda más en secarse. No, no hay previsión de lluvia, vale: mete corriendo la ropa en la lavadora, ciclo de media hora. A la media hora un centrifugado extra, que nunca viene mal que pierda un poco más de agua. Y a tender. Y pongo otra, que hay que aprovechar que estos dos días no va a llover, así que apretujo la ropa en las cuerdas. No sé cómo, consigo que quepa toda, debe ser cosa de magia.

Al día siguiente, a mediodía, me asomo y decido recoger la ropa, porque aunque la previsión del día anterior no daba lluvia, está muy nublado y no me fío. Y aunque hay alguna prenda aún húmeda, la mayoría está seco. Frío, pero seco.


Recojo y cuando llevo la mitad, empiezan a caerme gotas. Justo a tiempo, pienso. Y menos mal, porque segundos después se pone a llover como si no hubiera un mañana. Me siento casi como Indiana Jones al rescatar el Ídolo de Oro. Afortudamente, no salió de ningún sitio una piedra gigante rodadora. 


No hay comentarios: