lunes, 19 de octubre de 2015

No soy una chica de alturas

   No sé qué extraña obsesión tengo con ponerme zapatos de tacón. Me resultan incómodos, me molestan, como no me los pongo nunca me suelen hacer heridas y es imposible dar dos pasos con ellos. Pero siempre que hay algún evento más formal, termino rebuscando y descartando los comodísimos zapatos planos que tengo, las estupendas botas con algo de cuña, y plantándome unos tacones. Taconazos no: tacones. Nada de alturas vertiginosas de diez centímetros, no.

   Y ahí está el error. Quedan muy bien, pero no son cómodos. Nadie me puede decir que un zapato de tacón, que te obliga a ir de puntillas (en mayor o menor medida) es cómodo. Puede que te hayas acostumbrado y ya no lo notes, pero hay infinidad de patologías relacionadas con el uso continuado de tacones y lo que hacen en realidad es deformar el pie.

   Así termino yo, con un vestido precioso, un maquillaje normalito y más o menos peinada y la cago fastidio al ponerme unos zapatos con los que no voy a poder andar. Todo porque los vestidos quedan mejor con tacones, más bonitos. Porque tensan el gemelo. O yo qué sé. O porque como no te puedes mover, no puedes huir del tío babas que te acosa en la discoteca.

   Es curioso que me ponga tacones dos veces al año, si acaso, y tenga en mi armario más de media docena de pares de zapatos con esa trampa mortal añadida. Curioso, y de gilipollas, un poco, pues también.


   La cosa se complica cuando no me gustan las bailarinas ni los zapatos planos. No, no, y no. Lo siento, no me van. Tengo un 40 de pie, si me pongo algo así parece una lancha motora. Prefiero esconderlos en unas confortables botas o hacerlos sufrir sobre unos tacones, que así inclinaos, no se nota que son tan largos.

   Hace un par de semanas tuve un bautizo. Me puse un vestido negro que me encanta y me hace sentir como una princesa, conseguí más o menos pintarrajearme la cara y el pelo fue castigado y detenido en una coleta para que no pudiera rebelarse. Y me puse tacones. Y aunque la ceremonia era a menos de diez minutos andando de mi casa, llegamos tarde porque no podía andar deprisa. No eran especialmente incómodos, pero mis pies no están hechos para esas alturas. A la vuelta estuve tentada de quitármelos y volver descalza... Pero al final aguanté todo el camino.

   Los zapatos volvieron a su caja, que terminará enterrada en el armario, con una pila de botas planas, zapatillas y sandalias. Hasta el próximo evento. Hasta la próxima vez que decida torturar a mis pobres pies.

4 comentarios:

MRCastillo dijo...

Siempre puedes ir a este tipo de eventos descalza y reivindicar la moda hippie :P

Margari dijo...

Son todo un sufrimiento... A los eventos también acudo en tacones. Pero con una bolsita con los zapatos planos para cuando no puedo más. Y cada vez puedo menos. Como no estoy acostumbrada que siempre voy con zapatos bajos.
Besotes!!!

Nisi dijo...

También odio los tacones, pero también me los pongo en ocasiones especiales. Eso sí, yo a las bodas ya me voy con unas manoletinas bajo el brazo, para los bailoteos finales, ¡jajaja!
¡Tienes una 40! Yo una 35... ¡¡¡no me pises nunca!!!

Moder dijo...

Yo iba en tacones siempre... hasta que decidí que 1,75 de altura bastaban y que ya estaba bien de torturarme. Pero son hermosos, eso no hay cómo negarlo.